Los iluminados

13 Jun

Por ejemplo tomemos a Arthur Rimbaud. Parece que el director de su colegio opinó desconcertado frente a la genialidad prematura: “Nada ordinario germina de esa cabeza, será un genio del mal o un genio del bien”. Vivió la literatura como un karma, como una bendición, como una obligación. Tempranamente la abandonó y tempranamente murió.

Tomemos a Cortázar, por tomar otro ejemplo. Tenía un prisma para leer y un filtro para escuchar: el lenguaje nunca pudo ser para él algo natural, destinado sencillamente a la comunicación, a la información, decía: “… mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia
de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”.

Muchos de sus colegas contemporáneos y sucedáneos a Rimbaud y a Cortázar usarán la metáfora de la escritura como necesidad vital, como respiración, como si no se pudiese evitar y con tan solo la posibilidad de hacerlo, fuera suficiente para perpetuarse.

Felicidades a todos los que respiran literatura y nos permiten a nosotros, los lectores, disfrutar de sus bocanadas de lenguaje renovado.

Rocío Bressia

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